¡Feliz Cumpleaños Hija!

Paula y Yo.001

¡Feliz Cumpleaños Hija!

Hoy hace 24 años, año olímpico por cierto, vino al mundo uno de los tesoros más importantes de mi vida: Mi hija Paula.  Y ayer recibí el regalo de cumpleaños más gratificante que un padre puede recibir: un dedicatoria de su amor y admiración hacia mi, que me ha hecho el hombre más feliz del mundo.

Por eso, he querido dedicar la cita de hoy de Katherine Herpburn, a ella: “Amor no tiene nada que ver con lo que esperas conseguir, sólo con lo que esperas dar; es decir todo”, porque refleja el tipo de persona que es: alguien que lo da todo sin esperar nada a cambio. Una persona entusiasta, optimista, generosa, cariñosa y desinteresada.

Quiero regalarle hoy una carta publicada ya hace muchos años que es un clásico del periodismo norteamericano “PAPÁ OLVIDA” de W. Livingston Larned, que leí cuando ella tenía cinco o seis años,y me hizo despertar de todos los errores que la rutina me estaba haciendo cometer, y que la respuesta que siempre obtenía de ella fue su amor incondicional. Gracias por enseñarme tanto hija.

PAPÁ OLVIDA

W. Livingstone Larned

Escucha hija:

Voy a decirte esto mientras duermes, una mano metida bajo la mejilla y tu pelo negro pegado a tu frente humedecida. He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en mi estudio, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.

Esto es lo que pensaba, hija: me enojé contigo. Te regañe cuanto te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con una toalla. Te regañe porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.

Durante el desayuno te regañe también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano diciendo: “¡Adios Papa!” y yo fruncí el entrecejo y te respondí: “¡Ten erguidos los hombros!”.

Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amigaza hacerte marchar a casa delante de mi. Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tu, serás más cuidadosa. Pensar, hija, que un padre diga eso.

¿Recuerdas más tarde, cuando yo leía en el estudio y entraste, tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario , impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta. “¿Qué quieres ahora?”, te dije bruscamente.

nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus brazos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno puede agostar. Y luego te fuiste a dormir, conserves pasos ruidosos por la escalera.

Bien hija; poco después fue cuando se me cayo el diario de las manos y entró en mi un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mi la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender; está era mi recompensa a ti por ser niña. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara de medir de mis años maduros.

Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazón tuyo es tan grande como el sol que nace en las colinas. Así me lo demostraste con tu esponjando impulso de corres a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hija. He llegado hasta tu cama en la oscuridad, y me he arrodillado lleno de vergüenza.

Es una pobre explicación; sé que no comprenderás estas cosas si te las dijera cuando estés despierta. Pero a partir de mañana seré un verdadero Padre. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reír cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: “no es más que una niña, una niña pequeña”. 

Temo imaginarte mujer. Pero al verte ahora, acurrucada, fatigada en tu cama, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre con la cabeza en su hombro. He pedido demasiado, demasiado.

Sin darme cuenta, te has convertido en una preciosa mujer, y eso es algo a lo que me tengo que acostumbrar, porque para mi siempre serás “la niña de mis ojos”. Mi mayor orgullo siempre será ser tu padre.

Que tengas un pleno y muy feliz día de cumpleaños cariño.

De tu Padre y tu Madre que te queremos hasta el infinito y más allá.

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