En septiembre, reflexionamos con Marco Tulio Cicerón

Y en septiembre reflexionamos con…  Marco Tulio CICERÓN

Marco Tulio Cicerón, nacido en el 106 a.C., fue un notable político, filósofo y por supuesto escritor romano. Considerado quizás como uno de los mejores escritores en la antigua República Romana.

Bien se le podría considerar como un intelectual contemporáneo. No es que no haya grandes diferencias entre el mundo antiguo y el presente, pero Cicerón sigue siendo una figura que atrae en la medida en que ejemplifica el eterno conflicto entre la razón y el poder, la palabra y la fuerza.

Responsable de la introducción de las más célebres escuelas filosóficas helenas en la intelectualidad republicana, así como de la creación de un vocabulario filosófico en latín. Gran orador y reputado abogado, Cicerón centró —mayoritariamente— su atención en su carrera política.

Hoy en día es recordado por sus escritos de carácter humanista, filosófico y político. Sus cartas, la mayoría enviadas a Ático, alcanzaron un enorme reconocimiento en la literatura europea por la introducción de un depurado estilo epistolar. 

Orador, político y filósofo latino. se trasladó a Roma, donde asistió a lecciones de famosos oradores y jurisconsultos y, finalizada la guerra civil (82 a.C.), inició su carrera de abogado, para convertirse pronto en uno de los más famosos de Roma. Posteriormente se embarcó rumbo a Grecia con el objetivo de continuar su formación filosófica y política. Abierto a todas las tendencias, fue discípulo del epicúreo Fedro y del estoico Diodoto, siguió lecciones en la Academia y fue a encontrar a Rodas al maestro de la oratoria, Molón de Rodas, y al estoico Posidonio.

Formado en las principales escuelas filosóficas de su tiempo, Cicerón mostró siempre una actitud antidogmática y recogió aspectos de las diversas corrientes. La originalidad de sus obras filosóficas es escasa, aunque con sus sincréticas exposiciones se convirtió en un elemento crucial para la transmisión del pensamiento griego. 

¿Se pueden proclamar las libertades de la República y al tiempo erigirse como un rey autócrata o un déspota, al estilo de las monarquías del Oriente helenístico, que aquellos romanos conocían tan bien? ¿Se puede invocar la legitimidad del pueblo y a la vez imponerse a su voluntad con métodos dictatoriales? ¿Es lícito recurrir al pan y circo para distraer a ese pueblo e ignorar su opinión?

Ese era el dilema del momento: el gobierno del pueblo a través del Senado o un populismo autoritario que gobierna para el pueblo sin el pueblo. Los leales al modelo tradicional (Cicerón entre ellos, notable como abogado, escritor, sabio y cónsul) eran los republicanos. 

Frente a ellos, los cesaristas, encabezados por Marco Antonio, que reivindicaban el legado del general asesinado, Cayo Julio César. Su muerte desencadenó un cruento conflicto y una abierta lucha de poder. El general, político y escritor nos cuenta en sus cartas que apreciaba y se llevaba bien con Cicerón cuando hablaban de literatura y filosofía, pero que mantenían una profunda discrepancia política.

En este drama antiguo, hay escrita una lección que vale para cualquier época: que el fin justifica los medios en la lucha por el poder. No existe el fair play. Los ambiciosos se ponen de parte de quien conviene en cada momento. Cicerón optó por ser fiel a sus ideas y su visión de la patria, aunque fuera a costa de su vida. Y como todo debe cambiar para que nada lo haga, el Imperio Romano, que inauguró Octaviano, mantendría siempre -acaso en vago recuerdo de Cicerón- las formas republicanas aunque bajo un régimen de poder personal. El Senado sobrevivió formalmente, aunque a menudo fuera sólo un adorno en manos de los césares sucesivos.

La modernidad de Cicerón no está sólo en ser un intelectual que no desoye la voz de la cosa pública sino en su pluralidad de intereses: la oratoria, la filosofía griega, la historia, y los trabajos del Foro y del Senado. 

Quedan como legado esas espléndidas cartas que escribía a sus amigos (Ático, verbigracia, al que conoció de joven estudiante en Atenas) o las que dictaba, caminando por su estudio, a su célebre secretario Tirón, que inventó una suerte de taquigrafía para seguir su voz.

En suma, un personaje plural y contradictorio, amigo del ocio fértil, pero fiel a sí mismo. Como nosotros, intuyó un fin y todo fin conlleva otro principio, ¿cuál ahora?

Un FORTES abrazo.

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